Para Gustav Mahler (1860 – 1911), la música era una forma superior de filosofar. En el verano de 1895, cuando comenzaba a trabajar en la Sinfonía nº 3, en re menor, le dijo a su amiga la violinista Natalie Bauer-Lechner que, para él, la palabra sinfonía significaba construir un mundo con todos los medios técnicos a su alcance.
Ya lo había hecho en la primera y en la segunda, y en la tercera su intención era realizar un imponente recorrido cosmologista desde la inanimación a la divinidad. Utilizó textos del Das Knaben Wunderhorn (de Achim von Amim y Clemens Brentano), y del último capítulo de la tercera parte de Así habló Zaraturstra de Friedrich Nietzsche. Tras un arduo proceso de estructuración, y sugiriendo todo un subtexto que parece representar una forma distinta de conciencia humana, la dividió en dos partes: la primera estaría constituida únicamente por el primer movimiento y la segunda abarcaría los cinco restantes.
Con gran solemnidad contenida, e interrumpida periódicamente con ciertos momentos de tono festivo, esta celebración final del amor divino, fue admirada incluso por algunos de sus detractores. Buscando siempre nuevos caminos de expresión no solo musicales en el sentido formal de la palabra, sino filosóficos y vitales, Mahler deja así que su música hable, asumiéndola siempre como un capítulo superior del pensamiento humano de serena fuerza, belleza y naturaleza profundamente personal que se distingue por su inmensa intensidad emocional.
María del Ser
Doctora en Educación Musical (UCM) e Informadora en Radio Clásica (RNE)