La música de ballet escuchada en concierto arrastra una melancolía particular. Nació para que alguien la atravesara en el aire, y de pronto se queda sola, confiada a una orquesta que ha de reconstruir el movimiento perdido. Alberto Ginastera compuso Estancia en 1941 para una compañía que se disolvió antes del estreno. De aquella partitura huérfana extrajo una suite en la que la pampa del Martín Fierro respira entre la siega y el malambo final, una danza de gauchos tan obstinada que el Estado argentino la hizo suya, a veces contra las convicciones de su autor. Thomas Enhco, pianista francés que transita entre el jazz y el repertorio clásico, devuelve el cuerpo al escenario con su Concierto Tap, estrenado en México en 2025 con Alondra de la Parra. En esta primera audición española, los pies de Caleb Teicher conversan con la orquesta como un instrumento más. Carlos Simon convoca en sus Cuatro danzas negras americanas el corro extático de los esclavizados, el vals de los debutantes, el claqué de los años treinta y el fervor pentecostal: cuatro escenas de una historia marcada por la esclavitud y la segregación, en la que bailar fue también una forma de resistir. Cierra Leonard Bernstein con las Danzas sinfónicas de West Side Story, donde la Verona de Shakespeare se muda a las calles de Nueva York y un solo intervalo, el tritono, acompaña a Tony y Maria desde el primer chasquido de dedos hasta un final suspendido en el que aún resuena “Somewhere”, la promesa de un lugar sin odio donde amarse no sea un desafío.
Carmen Noheda
Doctora en Musicología. Cátedra de Estética y Filosofía de la Música en la Escuela Superior de Música Reina Sofía