Todo el mundo esperaba que, tras la colosal Séptima y la trágica Octava, la Novena de Shostakóvich se sumara al clima de exaltación colectiva de la Unión Soviética tras la derrota de la Alemania nazi. Sin embargo, lo que en un principio se anunció como una solemne Oda a la Victoria adquirió la forma de una miniatura tan corrosiva como difícil de descifrar. «¡Circo, circo!», exclamaba el compositor durante los ensayos de la Filarmónica de Leningrado en 1945. La obra desconcertó por su brevedad, su lenguaje neoclásico y su deliberada falta de grandilocuencia: ni rastro de heroísmo en el Allegro inicial, por no hablar de la sarcástica danza del finale. A Shostakóvich la broma le salió cara: vapuleado por la crítica, fue acusado de formalista y acabó pidiendo disculpas.
También Brahms tuvo que lidiar con el peso de las expectativas. En muy poco tiempo pasó de tocar el piano por las tabernas de Hamburgo a ser señalado como el más digno heredero de la gran tradición alemana. Tardó dos décadas en gestar su Primera sinfonía y sólo cuatro meses (los del verano de 1877) en entregar la partitura de la Segunda a su editor, al que previno, a modo de broma, de que sería «un completo fracaso». El público que acudió al estreno, ese mismo año en el Musikverein, exigió con aplausos la repetición del luminoso y festivo Allegretto grazioso. En plena disputa por la herencia de Beethoven en lo que se conoció como la Guerra de los románticos, la Pastoral de Brahms abrió nuevos caminos, tal y como había vaticinado su amigo Schumann.
BENJAMÍN G. ROSADO
Escritor y periodista musical