Dos obras religiosas de dos compositores cercanos y coetáneos, que miraban a la religión desde un diverso punto de vista, más distante y hasta cierto punto cumplidor de una obligación profesional, Mozart. Más implicado, Haydn, creyente disciplinado. Dos ejemplos vivos y concluyentes del talento de ambos artistas. El mozartiano es admirable por la concisión, la construcción, la variedad y la inspiración melódica a través de una escritura llena de contrastes que agrupa diversas formas instrumentales en sus ocho números. Einstein la describió como «una maravilla de arte y sentimiento juvenil». En la composición se combinan las características del estilo sinfónico con originales estructuras. Se conserva la estructura en cinco partes de las Letanías precedentes, las de la Bienaventurada Virgen María, en Si bemol mayor, KV 109. Y en las que hoy escuchamos se debe resaltar, y esto es importante, el arte para las evoluciones modulatorias.
La música de las Misas de Haydn, hay que afirmarlo en unión con la mayoría de los expertos, se aprecia, insiste Marc Vignal, por la misma razón que atraen las óperas de Mozart: son tan eficaces dramática como espiritualmente. Haydn pudo disponer para su Harmoniemesse de un gran conjunto: una flauta, dos oboes, dos clarinetes, dios fagotes, dos trompas, dos trompetas, timbales, cuerdas y órgano. El apelativo se debe al importante cometido que desempeñan los vientos, a veces en difíciles intervenciones solistas. En alemán la palabra Harmonie se refiere a una orquesta con instrumentos de esta clase. Fue la última obra de gran formato del músico.
Arturo Reverter
Crítico musical