Sublime Beethoven. Desde el punto de vista creativo, e incluso desde el biográfico, su presencia, o más bien su recuerdo, siempre imponen. Su música es uno de los grandes tesoros de la Humanidad. Escucharla en una adecuada interpretación es uno de los placeres enormes al alcance de quien lo desee. Beethoven es, en cierto modo, el genio cercano. Suele estructurarse, desde un punto de vista orientativo y didáctico, la producción musical de Ludwig van Beethoven en tres etapas. La primera es evidentemente, de formación o, si se prefiere, de continuidad con el estilo del clasicismo, magníficamente desarrollado por figuras emblemáticas como Mozart y Haydn, dos compositores de los que Beethoven, nacido en Bonn en 1770, incorporó elementos fundamentales a sus primeros pasos creativos. Un ilustre musicólogo y divulgador como R. M. James ha escrito en su clara y precisa biografía sobre el compositor que “si Beethoven hubiese muerto a los 30 años, en 1800, es probable que hoy no se le recordara. Una sinfonía, aunque sorprendente en la época, pero la menos revolucionaria de sus obras; varias sonatas para piano y diversas combinaciones de instrumentos; algunos tríos y lieder; tal hubiese sido toda su obra”. La composición en 1802-1804 y estreno en 1805 en Viena de una sinfonía tan arrolladora como la Tercera da nombre a su segunda etapa conocida como “Heroica”, y no solamente por el calificativo con que se apodó a su Tercera Sinfonía. A esta etapa nos vamos a ceñir fundamentalmente en estas líneas, pues se ajusta bastante bien al tema de “Beethoven en la treintena”, que da título a este concierto y notas con el añadido de las dos obras programadas. Es además un periodo creativo y lleno de frescura, fundamental en la evolución lingüística de Beethoven y en su personalidad como compositor y gran figura cultural. La última etapa, desde la segunda década del siglo XIX hasta su fallecimiento en 1827, acoge obras tan de referencia como la Novena Sinfonía, la Missa solemnis, los últimos cuartetos, las últimas sonatas para piano, las Variaciones Diabelli, en fin, el Beethoven de un periodo luminoso en plena madurez.
Es importante señalar que la biografía de Beethoven no fue nada fácil y está erizada de dificultades, tanto a nivel psicológico como incluso físico. En el terreno económico tuvo que sortear gran número de obstáculos para conseguir una financiación más o menos solvente que le permitiese trabajar con calma y serenidad. En el terreno sanitario una sordera permanente le acompañó desde muy joven, lo que incluso le llevó como desahogo a la redacción de un testamento en los baños termales de Heiligenstadt, pequeña y tranquila localidad cercana a Viena, dirigido a sus hermanos Karl y Johann, el 6 de octubre de 1802 -a los 32 añitos- en el que afirmaba, entre otras cosas: “Ay, queridos míos. Vosotros que me consideráis o me llamáis hostil, irritable, o aún misántropo, cuánto daño me hacéis. Pues no sabéis la secreta razón por la que así os parezco. Pensad tan solo que en los seis últimos años he venido sufriendo una incurable dolencia. De año en año mis esperanzas de curación se han agravado gradualmente y por último me he visto obligado a aceptar la perspectiva de una enfermedad permanente. Qué humillación he sentido cuando alguien que estaba a mi lado oía el sonido de una flauta que a mí no me llegaba, o alguien oía cantar a un pastor y yo tampoco podía escucharlo. Esas experiencias me volvían loco de desesperación y estuve a punto de quitarme la vida”, y unos días después añadió: “Así pues me despido de vosotros con bastante tristeza. Al igual que las hojas caen y se marchitan, la esperanza ha muerto para mí”. Afortunadamente, la muerte natural, o por suicidio, no llegó a producirse, y el llamado Testamento de Heiligenstadt no llegó a conocerse y publicarse hasta 1827, después de su muerte. Beethoven reaccionó con coraje a esta terrible pesadilla para un músico, poniendo en un segundo plano sus relaciones sociales, ignorando públicamente en la medida de lo posible su estado de salud y concentrándose en sus creaciones, cada vez más originales y en muchas ocasiones hasta profundamente innovadoras.
Las dos obras que conforman el concierto que da pie a estos comentarios son, además de cercanas en la fecha de composición y estreno, muy diferentes y, en cierto modo estilísticamente complementarias. El Cuarto concierto para piano y orquesta, en sol mayor, op. 58, está escrito en gran parte en 1805, terminado en 1806 y estrenado en Viena el 22 de diciembre de 1808, estando dedicado al archiduque Rodolfo. Forma parte de la serie de cinco conciertos para piano y orquesta de Beethoven, y es considerado, por muchos aficionados y musicólogos, como el más conseguido y seductor de todos ellos. Razones no faltan para la admiración que despierta y no solamente por sus condiciones líricas, melódicas o constructivas, sino también por su arrebato emocional e incluso por el paso adelante que da su autor respecto al formato utilizado habitualmente por Mozart o Haydn, abriendo la forma musical tradicional a otros contenidos y experiencias más estructuralmente imaginativas y sorprendentemente seductoras. Un comentarista tan experto y lúcido como Arturo Reverter ha definido esta obra como “una partitura afectuosa, viril y tierna, llena de hallazgos armónicos y tímbricos, y con la que Beethoven inaugura el concierto moderno” (aunque sea a título personal les confieso que nunca me ha emocionado tanto un concierto para piano y orquesta como el cuarto de Beethoven, especialmente en la versión que en 2004 ofrecieron en el Festival de Lucerna el pianista Maurizio Pollini y el director Claudio Abbado).
En contraste, una obra como la Misa en do mayor, op. 86 desprende de principio a fin un sosegado y tranquilizador ambiente lírico, con una atmósfera bastante al estilo de las misas de Haydn. Escrita durante 1807, fue estrenada en Eisenstadt, residencia del príncipe Esterhazy, el 13 de septiembre de ese año. No tuvo un gran éxito. Beethoven no tenía una gran experiencia todavía en la música religiosa o eclesiástica de este formato, pero para él supondría un reto la evolución y el dominio técnico en esa modalidad, lo que al final de sus producciones solventaría con la extraordinaria Missa solemnis, op. 123. No obstante, la adecuación del atractivo momento de Beethoven con su formación y estilo treintañero acaban imponiéndose al espectador de nuestros días, que suele seguir la obra con evidente placer y más aún, como en esta ocasión, con el contraste de un concierto para piano y orquesta en las antípodas. “No quiero decir nada de mi Misa, pero creo haber tratado el texto como raras veces se ha hecho”, opinaba Beethoven, y así se lo transmitió a sus editores Breitkopf y Hartël. “El desarrollo no es nunca demasiado pretencioso, ni demasiado prolijo, toda vez que en muchos episodios el antiguo ardor beethoveniano consigue recogerse en un clima de estática serenidad” escribieron sobre la Misa Amedeo Poggi y Edgar Vallora en su biografía sobre Beethoven.
Tanto el Concierto op. 58, como la Misa op. 86, muestran diferentes maneras de la evolución de Beethoven en su década de los treinta años. Incluso el Concierto para piano n.º4 es una obra maestra. Pero Beethoven estaba ya lanzado en varias direcciones y su producción musical poseía un interés extraordinario. En el terreno sinfónico citábamos al comienzo de estos comentarios su Tercera Sinfonía como obra emblemática de este periodo. Fue además una obra que dedicó a su admirado Napoleón hasta que este se proclamó emperador, momento en que retiró la dedicatoria mostrando su desilusión: “Ahora pisoteará los derechos del hombre, no pensará sino en su propia ambición”, llegó a decir, y cuando años más tarde falleció su idealizado héroe afirmó, haciéndose eco del segundo movimiento de su sinfonía, que “he escrito ya su marcha fúnebre”. No fue, en cualquier caso, la única sinfonía del periodo. Compuso las seis primeras, entre ellas la popular Quinta y la encantadora Sexta, conocida como “Pastoral”. En su fabulosa colección de cuartetos de cuerda compuso en 1805-06, y estrenó en 1809, los números 7 en fa mayor, 8 en mi menor y 9 en do mayor op. 59, 1 a 3, dedicados al príncipe Rasumovsky, embajador ruso en Viena. Y en un terreno en el que estaba menos familiarizado compuso su única ópera, Fidelio o el amor conyugal, ambientada en Sevilla y estrenada en 1805 con poco éxito. Una versión más reducida y con el título de Leonora tuvo mayor aceptación en 1806 y una tercera versión con el título de Fidelio a secas obtuvo una gran acogida en 1814 y un éxito extraordinario a partir de 1822 al incorporarse al reparto la mítica soprano Wilhelmine Schroder Devrient. Si la sombra de Haydn era alargada en la música de cámara, la de Mozart latía en algunos fragmentos de la ópera. Y Beethoven simultaneaba los géneros más diversos cada vez con mayor naturalidad y con mayor dominio técnico y emotivo.
Refleja con claridad este periodo Jan Swafford en el capítulo 22, titulado “De la oscuridad a la luz”, de su libro sobre Beethoven publicado en la editorial Acantilado: “El concierto de diciembre de 1808 supuso el final de un periodo de ocho años de fertilidad apenas igualado en la historia de la imaginación creativa humana. En 1799 Beethoven era un joven virtuoso idolatrado cuyas obras más audaces y conocidas eran para piano solo y para grupos de cámara con piano, y sus interpretaciones más celebradas eran improvisaciones al teclado. En los ocho años transcurridos desde entonces había completado seis sinfonías, y la Fantasía coral, cuatro conciertos, once sonatas para piano, nueve cuartetos de cuerda, una ópera, una misa, una serie de oberturas, una variedad de obras de cámara destinadas a permanecer entre las más poderosas e innovadoras en sus respectivos géneros, y una corriente de obras que iban de lo importante a lo circunstancial. En ese proceso había transformado la mayoría de los géneros: sinfonía, cuarteto de cuerda, concierto, sonata para piano, sonata para violonchelo, sonata para violín, trío con piano y tema con variaciones, todos ellos llevarían a partir de entonces sus señas de identidad. Para lograrlo, Beethoven había tenido que superar desoladoras decepciones amorosas, las acometidas del dolor, y de la debilitante enfermedad, así como el constante declive de su oído. En los siglos posteriores, innumerables carreras, triunfos, fracasos y mitos se basarían en el hombre y el músico en los que Beethoven se convirtió entre 1800 y 1808”. En el concierto citado de diciembre de 1808 en Viena se interpretaron sus sinfonías Quinta y Sexta, y el Concierto para piano y orquesta op. 58 en sol mayor. Fue desgraciadamente la última vez que pudo intervenir el propio compositor como solista de piano. Así lo recibió un periódico como el Allgemeine Musikalische Zeitung: “El concierto más maravilloso, insólito, artístico y difícil de todos cuantos Beethoven ha compuesto. El segundo movimiento es extraordinariamente expresivo en su hermosa sencillez y el tercero alcanza la exuberancia por medio de una poderosa alegría”.
La fuerza de voluntad, la energía y la capacidad de concentración en su trabajo a pesar de las enormes dificultades que rodeaban su vida cotidiana, muestran un Beethoven admirable y lleno de sabiduría, que ha dejado una herencia musical y cultural asombrosa. El periodo de la treintena es, se mire por donde se mire, verdaderamente ejemplar.
P.D.- Además de las citas de diferentes publicaciones citadas de pasada en estas líneas, el lector interesado y curioso puede ampliar sus conocimientos sobre Beethoven consultando algunos libros como la conseguida biografía divulgativa de Ángel Carrascosa en una edición de bolsillo de unas 100 páginas publicada por Alianza Cien o, ya en un terreno más erudito, adentrarse en las cartas del compositor con Beethoven´s letters con notas de Dr. A. C. Kalischer, (Dover Publications, New York, en inglés), o en la biografía profunda de más de 800 páginas de Jean y Brigitte Massin de la colección Turner Música (en castellano). Las referencias utilizadas de Jan Swafford (Acantilado), Arturo Reverter (Scherzo-Península) o R. M. James (Ediciones Folio) poseen también un interés más que notable. No son las únicas sobre aspectos de interés de Beethoven, desde luego, pero aportan muchas ideas sobre su música, su talento y su personalidad.